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domingo, 18 de diciembre de 2005

Museo de Antropología de Xalapa

Por motivo de la visita a estas latitudes de Julia -una buena amiga de mi amiga Lulú- y su novio Álvaro, he visitado de nuevo el M.A.X. y he estado dos días de guía de turistas pasándomelo "fenomenal" (como dirían estos dos españoles tan alivianados).
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Cihuateo

Las cihuateteo son mis habitantes favoritas del Museo de Antropología. En esta ocasión conseguí una buena foto de una de ellas. Aunque no se ve su falda de enredo y su cinturón de serpientes, se aprecia el rictus que todas ellas tienen en sus rostros... ¿será que cantan? A mí me parece que están cantando.

Cultura totonaca. Las cihuateteo son mujeres muertas en el parto y tienen la misma dignidad de un guerrero, pues han muerto en combate. Ellas se han ganado el honor de acompañar al Sol en su camino desde el cenit hasta su puesta -los guerreros varones muertos en combate lo acompañan desde que sale hasta que llega al cenit.-

Esas valerosas mujeres, convertidas en diosas son criaturas nocturnas, poderosas y temidas... y por lo mismo me fascinan.

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Lula, Julia, Álvaro & me

También vimos, por supuesto -si no podían faltar-, las cabezas olmecas exhibidas en el M.A.X., que son retratos en piedra con intrigantes rasgos de 2000 años de antigüedad.
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Por hoy más vale que me vaya a dormir ya porque a las 8 de la mañana nos vamos a Tajín, una de mis ciudades prehispánicas favoritas (también Totonaca) y queda como a 4 horas de aquí siguiendo la carretera costera en dirección sur-norte, así que el viajecito estará un poco pesado pero me ilusiona volver a recorrer las plazas de la antigua ciudad y revisitar sus viejas piedras.
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lunes, 1 de octubre de 2001

Cuilapan

Al pisar esos suelos desconocidos y casi míticos me preguntaba por obra de qué encantamiento me movía en el pasado. ¿Acaso era un mundo diferente al mío? y tan extraño...

Miré hacia el frente y allí estaba el altar, opaco y vacío pese a que lo iluminaba el sol del mediodía. Y era ese sol que caía sobre él, implacable, el que lo despojaba de su carácter sagrado al herir la piedra.

El sol calentaba no sólo el altar, sino también la amplia nave principal y las dos laterales -larguísimas y áridas-, definidas por ese ordenado bosque de columnas que se alza, formando arcadas, para cargar la inmensidad del cielo a falta de techumbre.

No pude menos que preguntarme cómo sería ese espacio cuando es penetrado por las sombras, con su cielo raso negro punteado de estrellas, y sus columnas rigidizándose bajo el sereno nocturno...

Arcos vacíos, basílica solitaria, espacio magnífico, mágico a mis ojos por como no fue concebido por sus constructores, aquellos frailes dominicos que en el siglo XVI soñaron con un mundo nuevo y se entregaron a la tarea de evangelizar Oaxaca...

El antiguo conjunto conventual de Cuilapan se yergue estático en el tiempo, como si sus enormes arcadas aun sirvieran a algún propósito esencial; y es que tal vez se mantienen en pie como se mantiene un puente: vínculo de piedra entre el pasado y el presente.
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