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jueves, 12 de agosto de 2004

Mónica

¡Ay, Mónica!

Te has ido en un día insospechado, en medio de un momento absurdo -las llantas despegádose del pavimento.. un coche que por un instante vuela-.

A través de la incoherencia que permea la escenografía de acuarelas deslucidas -que es el mundo a través del frío manto del duelo-, tu familia te llora.

Tu hijo pregunta si te fuiste al cielo cuando el coche sangró... pero tu hijo dulcemente ha de olvidar en su inocencia. Recae en los demás la responsabilidad de aprehender el recuerdo para alimentar con él a la melancolía.

Ay, Mónica... detrás del manto del duelo no existe "otro mundo donde los pájaros siempre canten, otro mundo donde el sol siempre brille, otro mundo donde nada nunca muera..." No vale de nada quererlo todo. La vida es así.

Y ya habrá de llegar, si no el consuelo, al menos el olvido que lava al dolor... porque los seres humanos -todos- somos así...
*

jueves, 5 de febrero de 2004

Visita al cementerio

A mamá le gusta visitar a los muertos y llevar flores al lugar donde yacen los restos de sus cuerpos.

Cada visita al cementerio es una invocación a la nostalgia y a la melancolía.

Cuando yo esté muerta -¡cuando sea una muerta!- no quiero venir a un lugar así. No importa que esté lleno de flores coloridas, pues todas ellas están muriendo. Muriendo. Como todos nosotros.

Los cementerios son mundos apartados de nuestros mundos reales... son los bastiones del olvido.

Sería trágico que algo de mi esencia realmente quedara encadenado en la muerte al sitio donde yace mi cuerpo corrompiéndose. Quiero creer que no es así, en cuyo caso poco importa si recibo o no la visita de los vivos.

Flores o no, los cementerios son tristes.

Quiero creer que nuestros muertos viven siempre en nuestros corazones y que, mientras los recordemos, no morirán realmente.

Flores o no.
*