lunes, 20 de septiembre de 2004

Tras la crecida del río

Este lunes, la semana parece querer tener tintes de "normalidad", quizá algo apurada con la carga de trabajo que se acumula después de una semana de ausencia totalmente "out of this world", me asomo en mi mailbox felizmente vacía de mensajes atrasados (cuando pienso en los de aquella semana que estuve perdida en Monterrey, prefiero pensar que están en el limbo y que algún día los rescataré), aunque sé que otros miles de almas aun sufen la misma resaca que yo.

Las fiestas patrias vinieron y se fueron. Ningún grito me llenó entonces como aquellos que me destrozaron la garganta mientras las lágrimas me subían, del pecho a los ojos, por efecto de un sonido atronador... y ante mí, la imagen imposible de un hombre-niño aferrado a una guitarra, gimiendo bajo las luces de colores de un escenario que parecía tan cercano que desesperaba (y desesperé) de saberlo inalcanzable...

Ahora se ha ido.

Siento que algo se ha hundido en mi corazón.
No me importa. Esa boca de insoportable carmín ya había dicho que los momentos de felicidad no pueden atraparse, que son esquivos, ¡que duran poco!
No puede uno ser eternamente feliz, pero la vida bien vale la pena por poder saborear -¡con gula!- estos momentos de felicidad.

He sido inmensamente feliz dejando que mis emociones se desbordaran sin control, sin límites, perdiéndose entre los pies inquietos de una multitud entregada. Supongo que esas emociones derramadas ya no volverán jamás, pero, como un río, su flujo ha marcado un cauce en mí, y siempre me quedará la cicatiz.

Me gusta descubrir que mis emociones aun siguen revueltas tras el paso del río. Creo que muchas estuvieron estancadas, archivadas correctamente según la fuerza de la costumbre -"alegría al centro, tristeza abajo, rabia a la izquierda, pasión a la derecha, abulia entre la tristeza y el odio, los polvos de dicha en un frasquito hasta arriba y las 'no clasificadas' en el estante de hasta atrás"-. ¡Hoy me siento de mil y mil -¡y mil!- maneras de constatar que todas ellas están desparramadas sin remedio dentro mí!

Me regodearé en la melancolía y, ante el recuerdo, descaradamente ¡¡seguiré sonriendo!!
*

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