martes, 17 de abril de 2007

Dormir con otro

Este fin de semana fue para mí una experiencia grata e inesperada. Aunque de inicio pensaba que tendría visita en casa, terminé siendo yo quien hiciera una visita y me lancé al calor costero, donde fui recibida por un ventarrón del norte que no figuraba en mis planes... ni en los de él.

"Ya estamos viejos" dijo cuando descubrimos que teníamos la misma edad con sólo un mes de diferencia -quizá debí dejarlo adivinar sin sacarlo de su halagador error-. Y sin embargo estoy feliz de estar soltera en mis treintas, pues hay cosas que te pasan a los 30 si estás soltera que hacen que valga la pena tener que vivir con la primera arruga y a la espera de la segunda.

Pasar la noche inocentemente pero a gustito con un niño que te late, es algo que sólo manejas bien con la edad. Así -sin faje de por medio que rompiera el encanto- él y yo platicamos y escuchamos música bajo las sábanas hasta la madrugada, compartiendo los audífonos y la almohada hasta quedarnos dormidos abrazados, mientras en el jardín del hotel el viento agitaba las palmeras.

Dormir. Ese es uno de los grandes placeres de la vida, como bien apuntó él al día siguiente mientras yo comentaba, ante un suculento plato de ravioles rellenos de hongos portobello, que los grandes placeres de la vida eran la comida, la bebida y el sexo.

Me gusta dormir con un hombre que aprecio. Me siento bien. Los científicos dirían que son las feromonas, pero yo digo que es algo más espiritual que eso.

Y digo dormir, del verbo jetear, y no del verbo coger. De hecho, dormir sola es lo único que odio de ser soltera. Dormir con un hombre de tu agrado es una bendición. ¡Ni siquiera tiene que ser tu amante! Basta conque sea tu amigo. Un hombre que se abandone al sueño a tu lado es algo irresistible. Olvídate de si ronca o no: lo que importa es su aroma y su calor cercanos.

Al otro día habría de besar a este perfecto caballero mientras languidecíamos en una de las albercas del hotel. Un húmedo beso y nada más. El fin de semana llegaba a su fin y había un avión que tomar, pero la vida me ha enseñado que nada se gana con no besar las bocas deseadas y cargar con el recuerdo de un beso que no se dio.
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